(Dr. Gaetan Kabasha)
Cuando estudiaba en el colegio allí por los años 1987 en Ruanda, nos levantábamos antes de la primera clase a clamar todos: “El apartheid de Suráfrica debe acabarse. Mandela debe ser libre”. Nos decían que era el lema de todos los países africanos en solidaridad con los negros de la República surafricana que estaban sufriendo una segregación racial institucionalizada en una época en que este tipo de sistema era inaceptable en el mundo entero.
Hoy en día, los negros de
Suráfrica ya libres de este nefasto sistema y con las riendas del país en sus
manos, dan un espectáculo espeluznante de xenofobia hacia otros negros
provenientes de países vecinos. Las imágenes que circulan actualmente muestran
bandas enteras de negros autóctonos, enfurecidas y orgullosas, linchando a los
inmigrantes negros de países como Nigeria, Zimbabwe, Mozambique etc. Saquean
sus negocios, queman sus pertenencias, lanzan injurias hacia ellos identificándolos
como la causa de su desgracia. ¿Cómo hemos llegado a este nivel?
Este tipo de comportamiento
lamentable que brota de un tipo de la irracionalidad viene produciéndose
periódicamente desde el fin del Apartheid. Muy a menudo, estallan estos
movimientos sociales y violentos motivados por la frustración de una parte de
la ciudadanía que no encuentra su lugar en un país catalogado como rico y que
sin embargo tiene una parte de sus ciudadanos en la miseria. Como ocurre muchas
veces, las dificultades llevan a la gente a unirse contra un chivo expiatorio indefenso
y se sienten aliviados al maltratarlo e incluso matarlo. La realidad es que, en
general, esta gente que se mueve por contagio, suele pasar al lado de la
verdadera causa de su desgracia ensañándose contra el pobre vecino que probablemente
es también víctima del mismo sistema que nadie quiere ver.
Durante todos los años de la
captividad de Mandela, su partido ANC se benefició de la ayuda de distintos
países africanos en solidaridad con la causa negra. Tanzania, Angola,
Mozambique etc. dieron cobijo a los miembros de ANC y les proporcionaron medios
necesarios para su lucha. Incluso, en algunos casos, entrenaron militarmente a
sus militantes por una posible acción armada. Cada país africano, a su manera,
contribuyó a la lucha contra el Apartheid. Finalmente, el clamor popular y la conjuntura
geopolítica hicieron caer el sistema.
En 1990, Mandela fue puesta en
libertad. Después de un proceso de transición, el partido ANC llegó al poder en
1994. Muchos africanos entendieron que el país más rico de África presentaba
muchas oportunidades y decidieron emigrar hacía allí. Muchos se encuentran en
los pequeños trabajos ordinarios (jardinería, vigilancia, trabajo doméstico),
otros intentaron montar pequeños negocios como por ejemplos tiendas para vender
los productos básicos en los suburbios de las grandes ciudades. De repente,
levantan la envidia de los negros autóctonos que creen que este tipo de trabajo
les pertenece. Solo rivalizan los que están en la misma categoría. Pobres
contra pobres. Nadie es capaz de analizar la situación de otra manera y darse
cuenta que su pobreza viene de las estructuras que no consiguen mejorar las
condiciones de vida del pueblo llano.
Hace más de 32 años que el
partido representante de los negros está en el poder con todos los medios para
transformar el país en un lugar donde cada uno se siente a gusto. Durante todo
este tiempo, el partido mayoritario controla el poder legislativo y el poder
ejecutivo. Sin embargo, no pudo o no quiso luchar decididamente contra la
corrupción, equilibrar la economía nacional a favor de las clases bajas, crear condiciones
para el desarrollo integral de todo el mundo. El resultado es que algunos
empiezan a pensar que la revolución de Mandela no ha mejorado nada en sus vidas;
que el apartheid ha cambiado de nombre y de figuras pero que la realidad sigue
siendo la misa. La zanja entre ricos y pobres no deja de crecer.
El resultado es un país socialmente
roto, con mucha desigualdad, con capas de población sumergida en la pobreza a
pesar las buenas cifras macroeconómicas y una buena dosis de agresividad. Los
blancos siguen teniendo el sector económico muy próspero; los políticos negros
parecen olvidarse de las décadas de lucha por la igualdad y se entregan a la
corrupción y demagogia. Entre tanto, el pueblo ordinario tiene la impresión de
que nadie se ocupa de su situación. De repente, su frustración se expresa de
manera violenta contra los que no tienen culpa, los inmigrantes que no toman
decisiones ni son responsables de que haya pobreza.
Lo que no es de recibo es esa
xenofobia de parte de un pueblo que sufrió en su carne el Apartheid, que sabe
que es la injusticia y la humillación. Es inaceptable que los negros se entreguen
a este espectáculo criminal de linchar a otros negros acusándoles de ser la
causa de sus males. Es incomprensible que los dirigentes políticos no estén
poniendo todas sus fuerzas para atajar de una vez esta mentalidad que consiste
en pensar que la vida del uno depende de la desaparición del otro. La Organización
de la Unión Africana que debería, al menos esta vez, levantar la voz y
posicionarse frente a estos lamentables hechos, ¿dónde está?