sábado, 24 de junio de 2017

Días de cólera en Bangassou



(Este texto escrito originaliamente en francés por el periodista Laurent, de la revista católica La Croix, relata el día a día en Bangassou cómo lo ha visto durante los tres días que estuvo sobre el terreno).

2000 Musulmanes están recluidos en el recinto del seminario menor del obispado de Bangassou.
Alrededor rondan los antibalaka que quieren matarlos.

Puñetazos, porras, tablones…como una lluvia caen los golpes sobre un adolescente enloquecido, a  pocos metros de la catedral de Bangassou (en el sudeste de la República Centroafricana), durante la misa. En el interior de la elegante iglesia de ladrillos rojos, la asamblea acaba de recitar al unísono el Padre Nuestro. Hay tormenta a un lado y recogimiento al otro. Poco a poco, una cierta inquietud se apodera de la asamblea. Algunos fieles  han entendido lo que está pasando fuera. Entre ellos, sor Julieta, una franciscana de Montpellier. Sale corriendo al exterior.  Ante ella, jóvenes musulmanes rivalizan por  participar en el linchamiento. Han reconocido que la víctima es uno de los milicianos que les hacía la vida imposible, día y noche.
Los parroquianos, entre ellos el chófer del obispado,  se meten a parar  la pelea con mucha valentía. Los golpes se multiplican. Algunos intentan interponerse, como por ejemplo una joven musulmana, que arranca el cuchillo de manos de su hermano. Sor Julieta levanta las manos al cielo, se acerca al torbellino intentando encontrar una solución. Grita con una voz débil que el horror tendría que acabarse. De repente, el adolescente es arrastrado por dos hombres que consiguen introducirle en la catedral llevándolo por los brazos, aunque antes, un niño  tiene tiempo de machacarle, con una enorme piedra, la cabeza. Una vez dentro de la iglesia, está a salvo. Sacan al chico por una puerta de atrás. “Todo esto es de locos” susurra Sor Julieta que se coloca en la fila para la comunión.
Al final de la celebración, la mayoría de los fieles desaparecen rápido. Una minoría lanza insultos en dirección al campamento de los musulmanes, a trescientos metros debajo de la catedral. “Después de todo lo que se os ha hecho, es así cómo nos lo agradecéis” se queja una religiosa que no soporta más vivir en este clima de tensión y violencia permanentes. Un señor grita: “No hay nada que hacer con vosotros”. Tres soldados marroquíes de la MINUSCA se acercan para calmar los ánimos. Pero el pueblo ya no quiere  a esta gente. Les acusa de incompetencia y de complicidad con los musulmanes.
Todo el mundo espera una reacción de los antibalaka. Son ellos los dueños de la ciudad desde el 13 de mayo cuando conquistaron Bangassou echando a los musulmanes. Estos últimos, refugiados en la mezquita central, fueron evacuados por las fuerzas especiales portuguesas, el 16 de mayo y les llevaron al seminario menor San Luis, en el obispado. Allí viven rodeados por los milicianos antibalaka que prefieren llamarse autodefensas. Dentro hay de todo: los scout, los antiguos seminaristas, los delincuentes, los jóvenes desempleados, los campesinos… Existe la sospecha que estos jóvenes están manipulados, financiados y armados por el entorno del expresidente François Bozize. Son siete pandillas que se reparten la ciudad, las tres más feroces están bajo el mando de un antiguo militar FACA, ejército de la época de Bozizé. Los musulmanes están expuestos, día y noche a los ataques de estos hombres sanguinarios. Si se atreven a salir del recinto del seminario, los antibalaka los masacran sin piedad. Sin ir más lejos, esta semana, algunos desplazados han intentado ir a Bangui en camiones que se introdujeron en la caravana de los camiones de PAM escoltados por los cascos azules de Mauritania. Uno de los vehículos se averió nada más salir de la ciudad. Los cascos azules siguieron su camino. Inmediatamente después, los antibalaka llegaron y reconociendo a uno de ellos, le mataron, le cortaron en trozos y pasearon con sus miembros por toda la ciudad. Los  otros dos  consiguieron esconderse en la hierba y llegar al convento de las religiosas de Montpellier. Sor Julieta les condujo luego, sanos, al obispado.
Todas las noches, los que rondan abren fuego y enseguida se oyen disparos por todos los barrios. Los desplazados esperan, con cierto fatalismo, bajo  las tiendas de ACNUR, el fin de la pesadilla, contando los disparos.
Enfermos y heridos habrían preferido no tener que ser hospitalizados. Los antibalaka se oponen a ello. Es prácticamente imposible cruzar la ciudad sin llamar su atención. Hasta los humanitarios tienen miedo de conducirles desde que dos musulmanes sobrevivientes de la mezquita fueron ejecutados en el hospital central. Hoy en día, los únicos que se hacen curar en el dispensario son los antibalaka y los no musulmanes.
Se acabó el tiempo en el que cristianos, musulmanes y animistas vivían en buena armonía aquí en Bangassou. Sin embargo, desde que la crisis estalló en 2013, habían resistido bien  a la pasión identitaria. Todo se acabó. La última vidriera de la vida en armonía en Centroáfrica se ha roto en Bangassou. “Ya se veía venir hace meses” explica mons. Aguirre, obispo de Bangassou que está protegiendo a los musulmanes. Tiene 65 años y ha sufrido tres infartos. “La llegada de los peulhs de Ali Darass en febrero de 2016 a Nzacko, a 190 km de aquí acabó desestabilizando toda la provincia de Mbomou. Se pusieron a saquear a los habitantes locales. El contingente marroquí de la MINUSCA no pudo defenderles, ni el gobierno centroafricano tampoco. Los jóvenes se sublevaron y poco a poco las cosas se caldearon” persigue el obispo.
Otro grupo de rebeldes compuestos de musulmanes chadianos se aprovechó de la situación para instalarse también en esta región rica en minerales como oro y diamantes, el FPRC (Frente Popular para el Renacimiento de Centroáfrica) del chado-centroafricano Nouredine Adam. “Cada día esperamos que irrumpa sobre Bangassou para socorrer a sus correligionarios del obispado. Al principio de la semana, asolaron Nzacko and Bakouma; saquearon los barrios de los cristianos; incendiaron decenas de casas; mataron a los jóvenes y pusieron patas arriba la iglesia incluido el quirófano recién construido. Ya lo habían hecho previamente en 2013” añade el obispo español. Como respuesta, los antibalaka destruyeron la mezquita de Bangassou. Los rumores anuncian una inminente  ofensiva de FPRC. Los SMS alarmistas circulan masivamente cada día y causan, a veces, un verdadero pánico y reacciones catastróficas en cadena.
El director diocesano de  Caritas, el padre Guy-Florentin N’zingazo acaba justamente de recibir uno que advierte que los antibalaka de Pino Pino (apodo de Pépin Wakanam), antiguo empleado de Areva, un gbaya de Boali, uno de los crueles de la ciudad, estaría a punto de atacar el seminario en represalia por el incidente de la mañana. Sus hombres estarían a 200 metros. El padre Alain Bissialo, párroco de Cristo Rey de Tokoyo, justo en frente de la mezquita destruida, se acerca para calmar los ánimos. Todo el mundo reconoce sus talentos mediadores. Él también ha acogido varias familias musulmanas en su parroquia.
El campamento del seminario menor no está bien asegurado. Están allí los cascos azules marroquíes pero no parecen dispuestos a pelearse de una manera eficaz. Ya abandonaron a los musulmanes en la mezquita central el 13 de mayo. Aquel día murieron 40 personas entre los cuales el imán, mujeres y niños. Por otro lado, se dice que los marroquíes abren fuego sin identificar sus objetivos. Aquí en Bangassou, son innumerables los heridos por sus balas. Hay un miedo añadido: se cree que si los antibalaka atacan, los extremistas musulmanes del campamento pueden volverse contra los sacerdotes que viven en el obispado.
Al final, el padre Bissialo consigue convencer a Pino Pino de no mover sus tropas. Es ya la tercera vez que esto ocurre en esta semana.
Por la tarde, el obispo recibe un mensaje de una religiosa, refugiada en RDC (República Democrática del Congo), al otro lado del río Mbomou, frontera natural entre los dos países. Anuncia que vuelve. La cita está fijada a las 16:00 al puerto. Antes de ir allí, el obispo pasa por el seminario menor para dar ánimos a los desplazados. Allí se cruza con Kaltouma, una mujer de 27 años, sentada sola sobre una estera. El domingo 28 de mayo, la mujer pidió al padre Guy-Florentin que le ayudase a cruzar el río hacia el otro lado con sus cuatro hijos (12, 10, 8 y 2 años) y su hermana pequeña de 14 años. El cura tenía previsto ir con coche a decir misa por allá. Llegados al puerto, se toparon con los antibalaka de Ngade (uno, originario de Zabe, en el Mbomou). Los milicianos se apoderaron de Kaltouma, de sus hijos y de su hermana. Los llevaron aparte y los mataron. Creyendo que ella también estaba muerta, la tiraron al río de dónde la rescató una catequista,  que la recogió, la curó y la acompañó hasta el campamento.
Hay que decir que hay también personas justas en medio de todo esto. Incluso son mayoritarios” dice el cura mediador. Lo peor de la humanidad cohabita con su mejor lado. Los cristianos de Bangassou no escapan a esta regla general. Caritas es la responsable del campamento y es ella que coordina el trabajo de los agencias humanitarias de la ONU. Los desplazados huyen de algunos cristianos y están acogidos por otros cristianos.
Una hora más tarde, mons. Aguirre coge su coche y activa su música española. Se dirige al puerto. Los antibalaka de Ngade le paran. Son los mismos del 28 de mayo. Su coche está inmediatamente rodeado de esos criminales armados de AK 47, fusiles de caza, lanzas y machetes. Su jefe le insulta, le acusa de ser un mal cristiano, un cómplice de los musulmanes. Le amenaza con su arma, el dedo puesto al gatillo. “Después de todo lo que nos hicieron, hay que matarles a todos incluidos los que les ayudan. Yo soy católico, un verdadero católico” grita. El obispo con tranquilidad; le escucha y le responde con voz suave, mientras la melodía española se oye desde fuera del coche. Le dice: “El día  en que estés herido o amenazado, te vendré también a buscar para protegerte”. Las palabras no consiguen producir el efecto deseado. El miliciano le pide un billete de 10.000FCFA (6,5 euros). Como la religiosa no está todavía, el obispo no puede esperar.
48 horas más tarde, Pino Pino ataca el campamento del obispado. Los marroquíes abren fuego y consiguen rechazar a los asaltantes. Pero hay una noticia esperanzadora: un niño ha nacido en la misma noche, en el comedor del seminario menor.
Laurent Larcher
Traducción española: Gaetan

viernes, 23 de junio de 2017

Las formas y las formalidades.




Cada viaje lleva consigo unos momentos llamativos. Debe ser por eso que algunos afirman que viajar es aprender. Siempre que pasas de un aeropuerto a otro, vas notando gestos curiosos, personas con diversos comportamientos, costumbres diferentes etc. En mi caso, me gusta mirar los detalles que, para algunos, pueden no tener mucha importancia.
El otro día, tenía un vuelo desde Casablanca (Marruecos) a Lagos (Nigeria). Después de una larga espera dentro del aeropuerto y una que otra anécdota, la pantalla de anuncios marcó el inicio del embarque. Me apresuré hacía la puerta y sorprendentemente, no había todavía nadie para atendernos. Muchos nigerianos ya estaban agrupados cerca de la puerta con sus maletas. Nada de cola ni de orden. Yo observaba desde un poquito lejos.
Por fin llegaron las chicas de para atendernos. Pero ya el desorden estaba servido. Intentaron colocarnos en dos filas, una de busness class y otra de clase económica. Pero todos los que habían llegado antes estaban en la fila de preferentes y juraría que más de la mitad no tenían que estar allí. Empezó el jareo. Tanto en la fila de preferentes como en la mía, nadie parecía querer la cordura. El barullo era total, los gritos también. La tensión fue subiendo poco a poco hasta alcanzar los niveles inquietantes rozando el enfrentamiento. Los viajeros querían entrar todos a la vez y pasando todos por la cola de preferentes. No había manera de poner a esta gente en una cola ordenada para ir validando su tarjeta de embarque una a una. ¿Pensarían quizá que el avión no era suficiente para todos? ¿Es que el avión iba a despegar sin coger a todos? Al final, cuando ya no había posibilidad de entendimiento, apareció un funcionario de Air Maroc y con pausa, pudo poner algo de tranquilidad dejando entrar a la gente por dónde se encontraba.

El vuelo empezó sin dificultades y sin sobresaltos. Sin embargo, noté de repente algo curioso: todas las azafatas eran hombres. De hecho, no sé si llamarlos azafata en femenino. Cuando el piloto anunció el inminente aterrizaje y puso la luz del cinturón de seguridad, y ya el avión bajando con turbulencias además, una chica se levantó de su asiento para recorrer todo el pasillo hacia la cabina. Uno de los chicos que hacían de azafata corrió detrás de ella, la cogió por los hombros y ésta, le dio no sé qué argumento para seguir adelante. Casi iba a caer en este pasillo pero no cayó. Entregó una cosa que llevaba en sus manos a alguien de delante y volvió a su asiento.
El aterrizaje se hizo sin incidentes. Fuimos a esperar los equipajes. Allí veía a gente con carritos. Cuando quise saber dónde podía yo encontrar uno, me indicaron un estanco dónde pagar. Pero no tenía neiras, la moneda de Nigeria y necesitaba absolutamente un carrito. Fue cuando uno de los viajeros me vio en apuros y sin pensarlo dos veces se ofreció a pagar por mí sin nada a cambio. Y añadió una cosa bonita: “estamos en África, somos todos hermanos”. Fue una palabra de bienvenida a mi continente y una lección de gran importancia. Cuánto me gustaría oír esto por todas partes, por todo el planeta.
Con mi equipaje, pasé por los policías sin incidentes y luego por otros que miran el contenido del equipaje. Allí, uno de ellos me preguntó de dónde venía. Cuando le dije que España, sin abrir mis maletas, me preguntó: “¿nos traes agua de Europa?”. Yo no entendía que significaba esto. Insistía tanto que acabé entendiendo que esperaba algún dinero de mi parte. Se llama “formalidades” en algunos lugares. El problema es que incluso teniendo una bomba en la mochila, haciendo este tipo de “formalidades”, puedes pasar.
Salí fuera del aeropuerto dónde alguien me tendría que estar esperando con mi nombre sobre papel. Pero por mucho que mirara, no veía a nadie esperándome. La noche estaba todavía oscura. Nadie aparecía. De repente, se apagó la luz en todo el aeropuerto. Bienvenido a Nigeria. Allí seguí esperando en la oscuridad en una ciudad que desconocía por completo oyendo por todas partes una lengua que parecía inglés pero de la que no captaba nada o casi nada. Después de unos minutos, llegó nuevamente la luz.
Fue cuando un señor se acercó a mí y cogió mi carrito y me obligó a seguirle.
-          ¿Adónde me lleva usted?
-          Allí dónde la policía.
Me entró un miedo. El señor me explicó en un inglés que apenas entendía que el mejor lugar para las esperas era la policía. Me costó mucho fiarme de él pero ya estábamos en marcha. Contrariamente a lo que pensaba, la policía nos acogió bien y allí me encontró el que me tenía que llevar a destino. Evidentemente, tuvo que pagar algo a aquel señor que me había llevado a la policía. Es su manera de ganar la vida.
Gaetan

jueves, 22 de junio de 2017

Corriendo en el aeropuerto de Casablanca.




Los viajes son siempre momentos de historietas curiosas e inolvidables. Son momentos de encuentros inesperados y de reacciones un tanto inhabituales en la vida del viajante. Es muy difícil emprender un largo viaje y llegar a destino sin tener alguna anécdota que recordar para mucho tiempo.
Este martes pasado, tenía un viaje hacia Nigeria. Era un viaje nocturno que empezaba en barajas a las 19:30 y acababa en Lagos a las 4:30 de la madrugada. Mi primer avión aterrizó a Casablanca sin problema. Allí tenía que esperar mi segundo avión durante más de tres horas. No me gustan nunca pasar las esperas largas en los aeropuertos. Así que empecé a deambular por un lado y por otro intentando no aburrirme. Por el gran pasillo, pasaba al lado de los musulmanes vestidos de sus djalabias rezando en pequeños grupos. Muy atento a los detalles, me di cuenta de un letrero que decía “lugar de culto”. Quise ir a ver si se trataba de un lugar de culto también para otras religiones. Tenía la curiosidad de encontrar una capilla cristiana en un país casi enteramente musulmán. Así que me puse a caminar siguiendo la fecha del letrero. Pero no llegué a satisfacer mi curiosidad porque entre tanto cambié de objetivo.

Una mujer, vestida de musulmana, venía en frente de mí, corriendo y casi llorando. Arrastraba dos bultos. Era demasiado para ella. Se la notaba ya cansada. Corría y gritaba en francés: “Aide-moi” (ayúdame). Me paré directamente y me acerqué a ella. Hablaba con tanta ansiedad y mesclando las ideas que era difícil saber en qué le tenía que ayudar. Entendí que buscaba a alguien que le ayudará a encontrar su vuelo. Decía varias veces: Dakar, Dakar. Buscaba la puerta de embarque para Dakar. Cogí uno de sus bultos, y empecé a caminar deprisa con ella hacía una pantalla de vuelos. Dakar se encontraba en la puerta A1, exactamente al final del largo pasillo. Nos pusimos a correr, yo por delante con un bulto y ella por detrás con otro.
Llegamos por fin a la puerta y estaba ya cerrada. Por mucho que la señora insistiera para abrirla por fuerza, el vuelo estaba perdido. En este mismo momento llegaron dos chicos y una chica con el mismo problema. Todos se dirigían a mí como si fuera yo uno de los directivos de Air Maroc. Me pedían ayuda que no podía ofrecer. A pesar de explicarles mil veces que no tenía nada que ver con los vuelos de Air Maroc, las dos mujeres del grupo seguían insistiendo que les ayudara. Estaban desesperadas y exhaustas.
Me comprometí a ayudarles a encontrar a algún funcionario del aeropuerto para aclarar el tema. Así que nos pusimos en marcha, yo caminando normalmente, siempre con el bulto de la señora y ella queriendo correr a toda prisa a pesar de su cansancio. No había manera de hacerle entender que no merecía la pena gastar más energías. En estas circunstancias, es más eficaz la tranquilidad que los nervios.
La señora se movía por todos lados pidiendo auxilio a cualquiera que encontraba y queriendo dejar su bulto en algún lugar para estar más suelta y correr más. Y yo le decía que más valía tranquilizarse y caminar con serenidad sin dejar su bulto. No alcanzaba entender que, con los tiempos que corren, nadie puede aceptar el bulto de un desconocido en medio de un aeropuerto. La otra señora estaba también alterada pero algo menos. Los dos chicos se quedaron haciendo sus llamadas y no parecían tener tanta prisa.
Intentamos pedir información de los pasos que dar pero en esas circunstancias, hay que saber acudir a la persona correcta. Algunos nos decían que a la derecha, otros que a la izquierda y nosotros, como unos locos, corriendo por todas partes sin dar ni una. El que me hubiera visto a mí, sacerdote y a ella, musulmana arrastrando bultos y de vez en cuando discutiendo, habría quedado como poco extrañado.
Al final, después de incalculables vueltas y decepciones, llegamos a la puerta de entrada de la Terminal 2, dónde supuestamente las dos señoras tenían que pasar la policía pero al revés para llegar a la oficina de Air Maroc, fuera. Allí ya no podía pasar por más insistente que se ponía la señora.
Nos despedimos. Ni llegué a conocer su nombre ni ella el mío. Tenía un vuelo que coger hacía Lagos. Me fui a mi puerta de embarque con una sensación de haber sido útil.
Gaetan

sábado, 10 de junio de 2017

El imán en los brazos del obispo.

Hace unos días, un periódico madrileño me llamó para ver si era capaz de encontrar a un periodista freelance en Bangassou. Habían oído cosas que parecían contradictorias, noticias que mezclaban cosas horribles y gestos hermosísimos. En concreto habían oído que un obispo había recogido en sus brazos a un imán de la mezquita de su ciudad después de que éste hubiera sido matado a tiros por milicianos. El periódico quería una foto. Desgraciadamente, en Bangassou, hay historias que contar pero no hay periodistas, ni ordinarios ni freelance.
La escena de la que nunca se tomó la foto ocurrió el 13 de mayo. Aquella mañana, Bangassou se despertó con un sinfín de tiros por todas partes. Los jóvenes de diferentes localidades del entorno se habían juntado a los antibalaka venidos de localidades más lejanas para atacar la ciudad. Empezaron por la base de los cascos azules marroquíes para  desviar la atención y impedirles que pudieran intervenir. Pero realmente, el objetivo principal era entrar a saco en el barrio de los musulmanes. Su plan funcionó como planeado: mataron a todos los musulmanes que encontraron por el camino, encendieron su barrio, sus tiendas, sus pertenencias. Los musulmanes que consiguieron escapar, se refugiaron en la mezquita de Tokoyo agarrándose a la oración y confiando en Allah. Allí empieza entonces la historia del obispo y del imán.
Durante toda la mañana, los disparos no cesaron. Los antibalaka disparaban y los cascos azules respondían. Nadie sabía quién luchaba contra quién ya que en Bangassou no había anteriormente ningún grupo armado. De hecho, el mundo entero sabía que era uno de los pocos lugares de la República Centroafricana dónde se había conseguido una cohesión social por el diálogo entre todas las creencias capitaneado por la Iglesia Católica. Los musulmanes y los no musulmanes vivían en cierta armonía. Aquella mañana, el miedo se apoderó de los habitantes.

Hacia mediodía, el obispo se enteró de que centenares de musulmanes se encontraban hacinados en la mezquita, rodeados por centenares de milicianos armados. Todo estaba listo para una matanza, lejos de la prensa. Ni los cascos azules aterrorizados sabían que la masacre del siglo se preparaba a unos metros de dónde se encontraban defendiéndose también ellos del ataque. Fue entonces cuando el obispo, sin pensarlo dos veces, movido solamente por la fuerza del Espíritu Santo, salió de su casa, cruzó la ciudad en medio de las balas y se fue a la mezquita. Lo que encontró fue un horror: cuerpos despiezados por aquí, sangre derramada por allá. El entorno de la mezquita estaba plagado de cadáveres. Pero, el obispo siguió y llegó a la entrada de la mezquita. Se identificó.
Los musulmanes atemorizados oyeron la voz del pastor católico y se sintieron aliviados dentro del horror. El imán salió. El obispo, mirando a su alrededor, hablaba a los milicianos enfurecidos y hacía gestos inconfundibles con las manos: "no tiren, no tiren, soy yo, soy yo, el obispo". En aquel momento, una bala cruzó el corazón el imán. Podía haber cruzado el corazón del obispo pero, por alguna razón, no fue así. El imán se desplomó. El obispo se agachó para recogerlo y reanimarlo pero no había nada que hacer. Quedaba la osadía de coger el cuerpo en las manos y llevarlo al hospital, pasando por los lugares inseguros, en medio de las balas.Todo esto ocurrió sin que nadie pudiera tomar la foto. Ningún periodista está en este lugar abandonado.
Más tarde, consiguió negociar una tregua y llevarse a más de 2000 musulmanes al obispado dónde los podía proteger un poquito mejor.
Juan José Aguirre, es obispo de Bangassou desde 1999. Comboniano de Córdoba (España), llegó a la República Centroafricana nada más ordenarse de sacerdote con 26 años. Desde entonces, el país se ha convertido en su país. Ya ha vivido unas cuantas guerras pero esta, dice, es muy especial.
                                                                                                     Gaetan

viernes, 26 de mayo de 2017

Las lágrimas de Bangassou. ( Autor: Gaetan)


Encontrar un rincón de la República Centroafricana dónde se respira paz fuera de la capital es casi un milagro. Dónde no hay enfrentamientos sangrientos, hay desplazados de larga duración u otro tipo de inseguridad que impide a los habitantes vivir tranquilamente y ocuparse de sus familias. Desgraciadamente, parece que la realidad de los grupos armados se ha convertido en una lacra sobre todo el territorio poniendo en jaque a la Comunidad Internacional y al propio gobierno nacional.
Últimamente, se habla mucho de Bangassou y con razón. La sangre se derrama en este pueblo y sus habitantes no saben quién les puede enjugar las lágrimas del dolor infligido por los grupos autodenominados autodefensas.
Esta dolorosa historia empezó con la división de los seleka. Por alguna razón, los musulmanes en torno a Nouredin Adam rompieron de los fulani (peulhs), un grupo de musulmanes nómadas, en torno a Ali Darass. Por alguna otra razón, los mismos seleka de Nouredin Adam se aliaron con sus antiguos enemigos, los célebres antibalaka. Nadie podía imaginar que esta alianza contra natura fuera a funcionar. Contra todo pronóstico, funcionó. Los peulhs se convirtieron en enemigos mortales tanto de los seleka como de los antibalaka.
Una guerra atroz estalló en la parte controlada por los seleka. Fue avanzando desde el nordeste de Centroáfrica hacia el centro, Bambari. Ali Darass perdió terreno y se vio recluido en Bambari. Para evitar un baño de sangre dentro de esta ciudad de unos 45.000 habitantes, los cascos azules (MINUSCA) le convencieron que saliera de la ciudad hacia el este. La operación fue acogida como un éxito de la MINUSCA pero, nadie se dio cuenta de que acababa de solucionar un problema en un lugar, desplazándolo a otro lugar.
Los soldados de Ali Darass se dirigieron al este de la República Centroafricana, ocupando progresivamente las ciudades que, hasta allí estaban sin presencia de grupos armados (Gambo, Bakouma, Nzacko etc.).
El comandante de los autodefensas de Bangassou.

Los jóvenes de la Basse Kotto constituidos en antibalaka cruzaron el río hasta Mbomou pasando por Mourou, Zabe, Ndambissoa, Gbolo. En el camino fueron reclutando a todos los jóvenes e iniciándoles en las prácticas místicas y paganas propias de este grupo que se declara defensor de los cristianos pero que en la práctica es una máquina de matar absolutamente pagana. Una vez organizados, atacaron Bakouma. Allí mataron a decenas de seleka peulhs pero también a los civiles musulmanes. Para estos jóvenes insurgentes, todo musulmán, armado o no, se convierte, por asociación, en un enemigo a eliminar. Se mueven en la lógica del enemigo por extensión.
Después de hacer estragos en Bakouma, se dirigieron hacia el sur con el objetivo de atacar Bangassou. Llegaron a esta ciudad de unos 30.000 habitantes el sábado 13 de mayo. Unos días antes, habían matado y mutilado a cinco cascos azules en una de sus barreras en el poblado de Yongofongo (25 km ruta Rafaï). Cuando entraron en Bangassou, fue la sorpresa general: ¿Quién podía imaginar que unos jóvenes analfabetas venidos de los pequeños pueblos, armados de fusiles de caza y vestidos de amuletos de invulnerabilidad como creen ellos, eran capaces de conquistar una ciudad tan grande como Bangassou, desafiando la MINUSCA y todas las autoridades civiles y religiosas del lugar?
Desde entonces, muchas lágrimas se derraman en Bangassou. Los musulmanes están atacados por ser quienes son sin más. Los dos imanes cayeron bajo las balas, uno de ellos al lado del obispo de Bangassou, Juan José Aguirre quien intentaba salvar vidas en medio del horror. Los muertos se cuentan en centenares y esta violencia ciega no parece acabarse. Los cascos azules están desbordados y nerviosos. Los miles de desplazados musulmanes acogidos en el obispado en unas condiciones precarias pasan el día con el miedo en el cuerpo y pasan la noche sin saber si verán el amanecer con vida. Todos sus bienes fueron saqueados y sus casas quemadas. Las escuelas están cerradas y las instituciones paralizadas. Bangassou llora.
En el mismo tiempo, otros grupos de antibalaka atacaron la ciudad de Alindao. Allí la represalia de los combatientes de Ali Darass produjo una matanza con una barbarie inimaginable. Prácticamente las dos prefecturas de Basse Kotto y Mbomou viven día a día bajo violencia. Las grandes ciudades (Bria, Alindao, Mobaye, Bangassou, Bakouma, Nzako etc.) están paralizadas por una carnicería de unos y otros. Tanto en el obispado de Alindao como en el de Bangassou se encuentran miles de desplazados necesitados de ayuda de todo tipo (alimentos, higiene, medicamentos, seguridad etc.) Hasta los hospitales no están al margen de este encarnizado furor de las bandas armadas.
¿Quién salvará el país de esta barbarie?

Los desplazados del obispado de Alindao

La MINUSCA, a pesar de tener un mandato ofensivo claro del consejo de seguridad de la ONU no parece tener ganar de afrontar los diferentes grupos armados que siembran el terror en distintos rincones del país. Además, los milicianos que ocupan Bangassou les atacan deliberadamente.
El gobierno del nuevo presidente democráticamente elegido, Touadera, no tiene ni medios ni planes claros para pacificar el territorio.  Cabe señalar que todavía el país carece del ejército y vive bajo embargo de armas. ¿Se puede pedir a un gobierno restaurar la paz sobre el territorio sin las fuerzas de seguridad?
Los antibalaka que se autodenominan autodefensas no parecen estar interesados por la paz y la cohesión nacional. Se mueven por el odio y la venganza sin ningún proyecto. Sería un error pensar que después de tantos horrores que infligen a sus ciudadanos pueden ser un motor de paz y de reconciliación. Más bien multiplicarán la violencia al infinito si nadie les para.
La única institución que está intentando salvar a unos y otros aún arriesgando la vida es la Iglesia Católica. Los obispos de las dos diócesis, los sacerdotes, las hermanas y otros agentes pastorales están dando un testimonio heroico ante la sinrazón de las hordas de la muerte.




viernes, 19 de mayo de 2017

Huir hacia ningún lugar

(artículo publicado en el blog de El Páis, África no es un país)
Autor : Gaetan Kabasha


Cuando la guerra amenaza con llevarte por delante con toda tu familia, la única salida posible es huir hacia un lugar seguro, esperando tiempos mejores. La mayoría de los refugiados, primero, han sido desplazados en su propio país antes de cruzar la frontera hacía otro país por la crudeza de la violencia o la guerra. Pero ¿qué pasa cuando sales de un país en guerra y huyes hacia otro país en guerra?
En este momento, la provincia de Bangassou, en el este de la República Centroafricana, acoge una gran concentración de refugiados de países vecinos y desplazados del mismo país.

Los congoleños que huyeron del grupo rebelde Ejército de Resistencia del Señor (LRA), de Joseph Kony y los sursudaneses que huyeron de una cruenta guerra fratricida que amenaza con convertirse en una limpieza étnica en toda regla. Las dos categorías de refugiados se encontraron con los desplazados internos centroafricanos en la misma zona. El este de Centroáfrica, aparte de ser un ejemplo del drama que viven los países de esta la región, podría convertirse en un caso de estudio para los analistas de los movimientos forzados.



Algunas mujeres desplazadas en el obispado de Bangassou

Primero llegaron los sudaneses en su primera etapa del exilio. Allá por los años 1980, cuando la guerra estalló por segunda vez entre el ejército de Sudán y el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán (SPLA), el movimiento de los insurgentes de Sudán del Sur que reivindicaba la independencia de esa parte del país. En aquella época, más de 400.000 personas huyeron hacia los países vecinos, muchos a la República Centroafricana, donde encontraron refugio, durante casi tres décadas, en la localidad de Mboki. Allí fueron acogidos por los centroafricanos y vivían de las ayudas de la ONU.

Cuando se firmaron los acuerdos de paz entre Sudán del Norte y Sudán del Sur en 2005, la mayoría de los refugiados regresaron a su país. Cuando Sudán del Sur se convirtió en un país independiente en 2011, el mundo creía que se ponía fin a décadas de exilio de los sudaneses. Los organismos humanitarios pensaban que terminaba uno de los episodios más dramáticos de la historia reciente. Pero se equivocaron.

En 2013, estalló nuevamente la guerra, esta vez entre las dos etnias rivales, los dinka y los nuers. En 2016, la guerra llegó a tal crueldad que la comunidad internacional empezó a temer un genocidio. Entonces, muchos sudaneses volvieron a coger el camino del exilio. En la actualidad, decenas de miles de ellos viven en la localidad de Bambouti en la República Centroafricana.

Entre tanto, apareció el señor de guerra Joseph Kony en el nordeste de Congo, hacia 2005. Los guerrilleros ugandeses, huyendo del ejército nacional de Uganda, empezaron a cometer atrocidades sin nombre en esta parte del Congo. Miles de habitantes de Ango, Dungu etc. tuvieron que cruzar la frontera de la República Centroafricana hacia la localidad de Zemio buscando refugio. Desde entonces, allí acampan esperando que la situación de su país mejore.

El hecho de que los refugiados de dos nacionalidades se encuentren en una misma zona no es en sí algo único. En otros países como Kenia ya se ha dado el caso. Este país acoge a refugiados de Somalia, Etiopía, Sudán del Sur etc. La originalidad de Centroáfrica es que este país también tiene su propia guerra o más bien guerras en plural. Es un país al borde del colapso debido a las distintas bandas armadas que operan en él y a la ausencia del Estado prácticamente fuera de la capital, Bangui.

En primer lugar llegó Joseph Kony, el responsable del LRA. Huyendo de Uganda pasó por el Congo haciendo matanzas, y finalmente se instaló en el este de la República Centroafricana Desde 2008, sus guerrilleros no han dejado de atacar pueblos, saquear casas y tiendas, secuestrar a niños y niñas, o violar mujeres en esta parte del país. En consecuencia, muchos pequeños pueblos, por miedo a los ataques y sin posibilidad de defenderse, dejaron sus casas convirtiéndose en desplazados internos en las grandes ciudades.


En segundo lugar, una guerrilla conocida como Seleka, alianza de las tribus musulmanas del norte, invadió el país en el año 2012. Dieron un golpe de Estado y sembraron el desorden en todo el país. Desde entonces, Centroáfrica, a pesar de haber conseguido elegir a su presidente en unas elecciones democráticas celebradas en febrero de 2016, no alcanza la paz. El este del país está particularmente bajo la amenaza de las distintas facciones de los Seleka, que se pelean entre ellos, ocasionando desplazamientos de personas.

Por si fuera poco, también los jóvenes de distintos pueblos se constituyeron en milicias llamadas Antibalaka. En la actualidad, prácticamente todo el territorio de Bangassou está infectado de estas bandas sangrientas.
El problema de esta zona es que es casi inaccesible por carretera. La ayuda humanitaria que parte de Bangui, la capital, recorre casi más de 1200 km para llegar a Bambouti, pasando por centenares de barreras de los milicianos, en una pista de tierra mal conservada. Cuando llega la época de lluvias, los camiones se atascan durante semanas, por el mal estado de las carreteras. La única vía de acceso rápido para los servicios humanitarios es por el aire. Desgraciadamente, no hay aeropuertos grandes para abastecer a los refugiados a través del avión.



La carretera que une Bangui con el este del país.

No sería exagerado decir que la única autoridad que queda en esta parte del país es la de la Iglesia Católica, que mantiene su presencia en todos los lugares, a pesar de la inseguridad. Tanto los sacerdotes locales como las religiosas misioneras desafían el peligro, cuidando de los desplazados y los refugiados, pero también manteniendo una llama de esperanza en medio de la desesperación.

En resumidas cuentas, el este de la República Centroafricana puede ser considerado hoy en día como un triángulo de miseria, dónde los refugiados llegan huyendo de la guerra para caer en la guerra; huyen del hambre para seguir hambrientos. La inseguridad se ha apoderado de todos los países de la zona. Tanto es así que se puede realmente afirmar que los que huyen no van a ningún lugar.

PSDespués de escribir este artículo, nos hemos enterado de que un grupo armado constituido de jóvenes que se autodenominan "autodefensas" acaba de ocupar la ciudad de Bangassou y miles de desplazados se encuentran en las instalaciones del obispado.